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28 de agosto de 2026
De interes

Gestión de la posverdad

  • agosto 27, 2026
  • 5 min read
Gestión de la posverdad

El término “posverdad” —elegido palabra del año por el Diccionario Oxford en 2016— describe un entorno en el que las apelaciones emocionales y las creencias personales influyen más en la opinión pública que los hechos objetivos.

Para las marcas, este fenómeno no es solo un problema político abstracto: es una realidad operativa que afecta la reputación, las ventas, la gestión de talento y la capacidad de comunicar cualquier mensaje con efectividad.

Navegar en entornos de desinformación no es opcional. Es una competencia organizacional que se está volviendo tan necesaria como la gestión financiera o la planificación estratégica.

Las formas de desinformación que afectan a las marcas

La desinformación corporativa tiene varias modalidades. La más visible es la desinformación deliberada por actores externos: competidores que difunden información falsa, campañas de desprestigio organizadas, rumores amplificados por redes de bots o cuentas automatizadas. Este tipo de ataque puede desencadenar una crisis de reputación en horas.

Pero también existe la desinformación accidental: noticias mal reportadas, cifras descontextualizadas, declaraciones de ejecutivos sacadas de contexto o interpretaciones erróneas de acciones corporativas que se viralizan antes de que la marca pueda corregir el rumbo.

Y está la zona más compleja: la desinformación sistémica, que ocurre cuando la propia comunicación de la marca ha sido tan inconsistente o poco transparente que los actores externos llenan el vacío con sus propias narrativas. Las marcas que no comunican proactivamente sobre temas sensibles —su cadena de suministro, sus prácticas laborales, su impacto ambiental— se vuelven vulnerables a que esa historia la cuenten otros.

La transparencia radical como estrategia defensiva

Una de las respuestas más efectivas ante la desinformación no es reaccionar después del hecho sino construir, antes de que ocurra, un ecosistema de confianza informativa. Esto implica comunicación proactiva sobre temas difíciles: publicar datos de sustentabilidad antes de que un activista los exija, reconocer errores antes de que un periodista los exponga, explicar decisiones estratégicas complejas antes de que generen especulación.

La transparencia radical no es una práctica cómoda para las organizaciones acostumbradas a controlar el flujo de información, pero es consistentemente más efectiva que la opacidad como estrategia de reputación a largo plazo. Las marcas que ya tienen un historial de honestidad comunicacional tienen mucho más capital para defender cuando aparece información falsa sobre ellas.

Fact-checking interno y monitoreo de narrativas

Las organizaciones necesitan capacidades internas —o contratadas— de monitoreo constante del ecosistema narrativo que las rodea. Esto incluye herramientas de escucha social que detecten en tiempo real cuándo aparece información falsa sobre la marca, sistemas de alerta para identificar cuándo una narrativa negativa empieza a ganar tracción y procesos de verificación interna que permitan responder con datos confiables en el menor tiempo posible.

Algunas organizaciones están incorporando roles específicos de gestión de narrativa o inteligencia reputacional que cruzan las funciones tradicionales de PR, comunicación corporativa y análisis de datos. Este perfil híbrido es cada vez más valorado en entornos donde la velocidad y la precisión de la respuesta hacen la diferencia.

Cómo responder cuando la desinformación ya circula

Cuando la desinformación ya tiene velocidad, la respuesta requiere equilibrio entre urgencia y precisión. Actuar demasiado rápido con información incompleta puede agravar el problema; actuar demasiado lento permite que la narrativa falsa se consolide.

El protocolo más efectivo generalmente incluye: reconocimiento rápido de que la marca es consciente de la situación en circulación, seguido de una corrección factual específica que cite fuentes verificables, acompañada de un canal oficial claro donde se centralice la información confiable. La corrección nunca debe amplificar el mensaje falso: la mejor práctica es referirse al hecho correcto, no al error que se está refutando.

Además, es importante identificar a los actores que amplificaron la desinformación de buena fe —periodistas, influencers, usuarios con alcance real— y contactarlos directamente con la información correcta, facilitando que puedan actualizar o corregir sus publicaciones sin costo reputacional propio.

El rol de los empleados ante la desinformación

Los colaboradores son frecuentemente el primer frente de impacto cuando circula información falsa sobre la empresa. Reciben preguntas de familiares, amigos y contactos profesionales, y si no tienen información clara y precisa, se convierten involuntariamente en amplificadores de la desinformación —o en fuentes de silencio que también comunican.

Un programa de comunicación interna robusto que informe rápidamente a los equipos sobre las situaciones de desinformación que afectan a la organización, y que les provea los puntos clave para responder con confianza, transforma a los empleados en aliados de la gestión reputacional en lugar de variables incontrolables.